Viajar solo no es estar solo, es encontrarse. Es abrirse al mundo con todos los sentidos, dejar que cada lugar hable, que el silencio también diga. Y si ese primer viaje solitario es a un destino desconocido por uno, la emoción es doble: la del trayecto y la del descubrimiento.

Así llegué a la ciudad capital de la provincia de San Luis, con la maleta cargada de expectativas y el corazón abierto. Desde el primer momento supe que no sería un viaje más. Y gran parte de esa sensación se la debo a quien me dió la bienvenida y me introdujo de lleno en la historia profunda de esta tierra: Miguel Sternik.
Miguel no es un guía turístico cualquiera. Es un narrador apasionado, un custodio del legado puntano, un hombre que lleva la historia en la piel y en la voz. Desde el primer saludo, su calidez se hizo presente. Con entrega, conocimiento y una pasión que emociona, me guió por los rincones históricos de la ciudad, haciendo que cada calle, cada plaza y cada edificio cobraran vida.
Su relato no es uno más. Es una reconstrucción emocional de San Luis, desde la época colonial hasta nuestros días. Con una mirada sensible y profundamente humana, Miguel logra que uno se conecte no solo con los hechos, sino con el alma de este pueblo. Te cuenta con el corazón, y no teme mostrar la emoción cuando habla de la lucha por la libertad, del papel que jugó San Luis en la formación del país, de los personajes olvidados que aún habitan en la memoria colectiva.
San Luis tiene mucho por contar. Y en la voz de Miguel, cada detalle se convierte en un puente entre el pasado y el presente. Su orgullo se nota, se siente. No hay pose ni discurso armado: hay verdad, hay amor por su ciudad, hay compromiso por hacer de este destino un lugar de encuentro real con la historia y la identidad.
Y en este primer día, esa experiencia tuvo nombre propio: Miguel Sternik. Un guía, sí. Pero sobre todo, un contador de historias que deja huella.
La crónica de este recorrido comienza así:
Nuestro primer encuentro comenzó en el Hotel Aiello, donde me recibieron con mucha amabilidad y cortesía. Desde allí partimos rumbo a Terrazas del Portezuelo, sede actual del gobierno provincial. Ascendimos al mirador del Hito del Bicentenario y desde sus 60 metros de altura observamos la ciudad de San Luis desplegarse.

El ingreso al hito está custodiado por figuras de dinosaurios, que le dan al lugar un aire prehistórico, casi mágico, en fuerte contraste con la modernidad del edificio gubernamental. Desde ese mismo punto, Miguel nos señaló una joya arquitectónica que amerita una mención aparte: el Hospital Ramón Carrillo, un centro de salud moderno, de alta complejidad y apenas cinco años de antigüedad, que marca un antes y un después en el acceso a la salud pública en la provincia.




Tras recorrer las terrazas, nos dirigimos hacia La Toma, conocida como la capital nacional del ónix. Allí visitamos un taller artesanal donde observamos el delicado y paciente trabajo que se realiza con este mineral noble. Cada pieza, cada escultura, refleja el talento de manos que transforman piedra en arte.



El itinerario nos llevó luego hasta el puente sobre el río Conlara, un puente de 90 años de historia, que se erige sobre uno de los cursos de agua más importantes de la provincia. Descendimos para escuchar el murmullo del río y tomar fotografías del puente colorado, que se funde con el paisaje. El Conlara, de unos 180 km de longitud, cambia abruptamente su dirección en esta zona por un fenómeno geológico originado en el plegamiento andino, que lo hace virar de sur a norte, creando un entorno natural único.



Después de esa pausa contemplativa, seguimos hacia Paso Grande, donde disfrutamos de un almuerzo improvisado en la plaza del pueblo y visitamos su iglesia.



Luego nos dirigimos a San Felipe, para visitar el espejo de agua más grande de San Luis. Allí realizamos una caminata de baja dificultad, rodeados de flora autóctona de chañares y arbustos bajos de hojas pequeñas y ramas espinosas, típicas de la región.




Ya entrada la tarde, llegamos a Renca, un pueblo pequeño con un gran legado patriótico. Semillero de gobernadores puntanos —nada menos que cinco nacieron allí—, y cuna de hombres que se alzaron en armas durante las luchas por la independencia. Visitamos su museo, Casa de los Gobernadores, la biblioteca, la sala dónde hacen el taller de tejido y donde los adolescentes cursan la escuela secundaria. Recorrimos sus jardines, con su aljibe y un retoño del pino histórico de San Lorenzo.





Saliendo del museo, nos encontramos con un bebedero antiguo para tomar agua y refrescar las manos, recorrimos la plaza con su iglesia y sus pisos de granito pulido, donde cada piedra parece guardar parte de su historia. Y así lo comprobamos, al llegar hasta la casa de José Antonio Ortiz y en la plaza donde descansan sus restos y el de su esposa.
Pero quién fue José Antonio Ortiz? Nuestro guía Miguel, es quien se encarga de contarnos y transportarnos por unos minutos a esa etapa de nuestra historia.






Saliendo de Renca y para cerrar este intenso recorrido, visitamos Tilisarao, un pueblo que sorprende por el dinamismo de su gente, la modernidad de alguna de sus construcciones y que la perfila como una pequeña ciudad, cercana a Merlo, dónde culminará nuestra travesía.




Este primer día en San Luis fue mucho más que una excursión: fue una invitación a conocer el alma de la provincia, a emocionarse con su historia y a conectar con el orgullo de quienes la habitan.
Hasta la próxima!

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