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CRÓNICA DE UN VIAJE A SAN LUIS, UNA PROVINCIA QUE SIGUE DESLUMBRANDO (segunda parte)

Luego de asomarnos al alma de San Luis desde el Hito del Bicentenario y recorrer esos pueblos que abrazan la historia y la identidad puntana, nuestra travesía continuó al día siguiente junto al mejor guía que uno podría desear: Miguel Sternik, quien nos llevó a descubrir otros paisajes y rincones que, más que lugares, son postales vivas de esta tierra que nos ha recibido con los brazos abiertos.

El Dique Cruz de Piedra fue nuestra primera parada. Allí el agua serena refleja el cielo y las sierras como un espejo que detiene el tiempo. Es un sitio que invita a respirar profundo, a dejarse envolver por la visual que relaja e inspira.

En el camino, hicimos una pausa en el Mirador de los Pescadores. Allí el silencio se volvió protagonista. Nos quedamos quietos por un momento, dejándonos envolver por el canto de los pájaros que habitan ese rincón sereno, como si la naturaleza nos invitara a formar parte de su concierto.

El recorrido se tornó profundamente emotivo al visitar la casa de los abuelos de Fabricio Alcaraz Coria, uno de los 44 héroes del submarino ARA San Juan. En ese sencillo hogar, el homenaje del abuelo a Fabricio nos conmovió y nos recordó el valor y el amor a la patria que habita en cada rincón de esta provincia.

Continuando el viaje, llegamos a El Volcán, allí nos esperaba el balneario La Hoya, un bonito lugar de esparcimiento que con el murmullo de su cauce, parecía regalarnos una canción de bienvenida.

Luego de La Hoya, partimos hacia Estancia Grande, la capilla revestida en piedra, justo después de la canchita de fútbol, se erige como un refugio del alma. Allí el tiempo parece detenerse para que uno pueda contemplar la sencillez y la belleza de la fe hecha arquitectura.

Pero sin dudas, uno de los momentos más mágicos fue al descubrir La Ventanita, un mirador escondido que nos regaló la mejor vista de Potrero de los Funes. Desde allí, el valle y el espejo del lago se extendían ante nuestros ojos como en una postal imposible de olvidar.

Continuamos hasta el Mirador León Colgado, en un balcón natural que invita a contemplar el paisaje y su fauna con respeto y asombro.

Nuestra ruta continuó y nos llevó a La Punta, esa ciudad conocida como la mas joven del país, pero cargada de símbolos de la historia argentina. Allí recorrimos las réplicas del Cabildo y de la Casa de Tucumán, y nos maravillamos de la hermosa fachada del Hotel La Recova.

Continuamos el recorrido para almorzar en la Plaza de los Niños, saboreando unas empanadas y volviendo por unos minutos a nuestra infancia, al tirarnos por los toboganes del parque.

Las Termas de San Jerónimo y las Termas de Balde también fueron parte de nuestro recorrido, aunque en esta ocasión no decidimos disfrutar de sus piletas. En San Jerónimo pudimos apreciar desde afuera un encantador hotel termal, rodeado de un entorno que invita al relax y al descanso. En Balde, probamos agua mineral y abrimos una canilla de una plaza donde el agua salía tibia. Pero el tiempo nos apremiaba: debíamos seguir rumbo hacia las Salinas del Bebedero, ya que el poniente del sol nos esperaba para regalarnos un espectáculo único que no podíamos dejar escapar.

Y así fue que el atardecer en las Salinas del Bebedero resultó una experiencia maravillosa, de esas que tocan el alma.

El horizonte se encendió de rojos, naranjas y dorados, mientras el suelo salino brillaba como un espejo inmenso bajo los últimos rayos del sol. Miguel había pensado en todos los detalles y como buen guía que es, nos preparó una mesa con sillas para que pudiéramos tomar una infusión y comer algo rico mientras el ocaso se iba preparando para brindarnos uno de los mejores momentos que pudimos experimentar en el viaje.

Nuestros ojos no podían dejar de ver semejante espectáculo. Fue un momento mágico que nos hizo sentir pequeños frente a la inmensidad de la naturaleza y agradecidos de poder ser testigos de tanta belleza. Haber llegado a tiempo y en el momento justo para apreciar semejante paisaje donde el astro sol se despidió del día frente a nosotros, nos dejó totalmente cautivados y felices.

San Luis no deja de sorprender, de emocionar, de abrazar a quienes la visitamos… Y lo mejor de todo es que tiene muchos más atractivos por conocer!

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