A pasos de la escalinata del Cristo del Portezuelo, Beatriz Resto Bar suma buena gastronomía a un paseo con vistas panorámicas de Chilecito y las montañas riojanas.
El Cristo del Portezuelo llama la atención desde distintos puntos de Chilecito. Acercarse permite descubrir otra perspectiva de la ciudad y, prácticamente al lado de su escalinata, encontrar una propuesta para completar el paseo alrededor de una mesa. Durante nuestra estadía con el FamPress internacional de periodistas turísticos conocimos Beatriz Resto Bar, ubicado en El Maestro 525, en el sector del Cristo. Su cercanía con el complejo permite combinar la visita con una parada para almorzar o cenar.
En nuestra mesa hubo escabeche de pollo y milanesa napolitana. Sabores conocidos, de esos que invitan a sentarse con ganas y disfrutar de la comida mientras la conversación sigue su curso. Entre periodistas de distintos lugares, cada pausa también daba espacio para compartir impresiones sobre lo que veníamos descubriendo de La Rioja.
La gastronomía forma parte de esa experiencia. Además de visitar museos y recorrer paisajes, viajar nos permite conocer las mesas que se integran a la vida de una ciudad. En Beatriz, la ubicación agrega una ventaja para el visitante: el paseo por el Portezuelo está a pocos pasos.
La escalinata que conduce hasta la base del Cristo tiene 200 escalones, uno por cada año del Bicentenario argentino. Subir con tiempo permite detenerse, recuperar el aire y observar cómo cambia la vista a medida que ganamos altura. Desde el complejo, Chilecito se despliega entre construcciones, vegetación y montañas. Es una oportunidad para tomar fotografías, reconocer lugares recorridos y apreciar el entorno en el que creció la ciudad. Vale la pena dedicarle unos minutos a esa panorámica antes de emprender el descenso.
Para quienes vivimos la fe católica, la figura del Cristo suma un significado religioso. El lugar también convoca a quienes buscan un mirador o un paseo al aire libre. Cada visitante encuentra su motivo para acercarse, en un espacio donde conviven la devoción y el interés turístico. La visita al Cristo y la mesa de Beatriz pueden formar parte de una misma salida, dejando tiempo para disfrutar ambas propuestas. Conviene llevar agua, protección solar y calzado cómodo para recorrer la escalinata.
Para comer en Beatriz Resto Bar, recomiendan reservar con anticipación, porque el lugar suele llenarse. Es un dato a tener en cuenta, especialmente si se viaja en grupo y se quiere asegurar una mesa. Nosotros encontramos allí una manera de completar el recorrido por Chilecito: contemplar la ciudad desde el Portezuelo y compartir una comida a pocos pasos de su escalinata. Dos momentos que permiten conocer el destino desde su paisaje y sus sabores.
El Museo Quyllur Ñan, las Estrellas Diaguitas y los paisajes de la Quebrada de la Troya invitan a detenerse en este rincón del oeste de La Rioja. Un recorrido con historia, sabores y una inesperada pausa para jugar en la nieve.
Vinchina suele aparecer en los itinerarios como punto de partida hacia Laguna Brava. Pero detenernos en este pueblo riojano nos permitió descubrir cuánto tiene para contar antes de continuar hacia la cordillera: la historia de sus primeros habitantes, las formas del paisaje y la vida de quienes hoy reciben a los visitantes.
Durante el FamPress internacional de periodistas turísticos recorrimos parte de este territorio junto a Carlos Francés, de Triásico Aventura. Las explicaciones y las paradas nos ayudaron a conocer un camino que merece disfrutarse sin apuro.
Una de las visitas fue al Museo Arqueológico Provincial Quyllur Ñan, ubicado sobre la Ruta Nacional 76, en Villa San José de Vinchina. Su nombre significa “Camino de Estrellas” y funciona en una casa tradicional de adobe, con techos de caña y barro. La propia construcción permite acercarse a las maneras de habitar este territorio.
La colección reúne más de 560 piezas del Valle del Bermejo. Herramientas de piedra, puntas de proyectil y recipientes de cerámica aportan pistas sobre cómo se conseguían y procesaban los alimentos, se almacenaba el agua y se resolvían necesidades cotidianas. Una sala paleontológica amplía la visita hacia un pasado natural muchísimo más antiguo.
Al aire libre conocimos las Estrellas de Vinchina, también llamadas Estrellas Diaguitas: diseños realizados sobre el suelo con piedras de distintos colores, vinculados a prácticas ceremoniales de los pueblos originarios. Observar sus formas nos invitó a prestar atención a un patrimonio que podría pasar inadvertido si solo miráramos hacia las montañas.
Al continuar hacia la Quebrada de la Troya, las capas inclinadas de las rocas y las curvas del camino ganaron protagonismo. La Herradura, el punto panorámico El Pesebre y una montaña con una definida forma de pirámide nos dieron distintos motivos para detenernos a observar y tomar fotografías. Con las explicaciones del guía, aquellas formaciones adquirían otra dimensión: además de admirarlas, podíamos empezar a comprender cómo se había transformado ese paisaje.
También hubo una pausa para almorzar en Cerro Azul, un pequeño parador del tramo de Jagüé. Compartimos empanadas, palitos hechos con masa de torta frita y panes rellenos. El lugar era sencillo y nos atendieron con mucha amabilidad. Entre excursiones y traslados, esa disposición para recibirnos hizo que recordáramos tanto la comida como a quienes la acercaron a nuestra mesa.
El objetivo era llegar a Laguna Brava, pero la nieve había tapado el camino y no pudimos completar el recorrido. Seguir hubiera sido imprudente. Sin embargo, la nieve acumulada a los costados nos regaló un momento inesperado: por unos instantes volvimos a la infancia. Jugamos, armamos muñecos y nos tiramos al suelo para hacer angelitos. Entre risas y fotos, aquella parada se convirtió en uno de los recuerdos más alegres del viaje.
Para organizar una visita, Vinchina permite combinar el museo, las Estrellas y las excursiones por los alrededores. Entre las opciones de alojamiento, el registro turístico provincial incluye Tierra Andina, sobre la RN 76, cuya disponibilidad conviene consultar antes de viajar.
Quienes planeen continuar hacia la Reserva Provincial Laguna Brava deben confirmar previamente las condiciones del camino y coordinar la salida con prestadores habilitados. Turismo de La Rioja establece el ingreso mediante excursiones con guía y vehículos 4×4.
La laguna nos quedó pendiente. De Vinchina y su entorno, en cambio, nos llevamos historias, paisajes, una mesa compartida y las fotos de un grupo de periodistas que, por un rato, volvió a jugar como cuando era chico.
En Vichigasta, departamento Chilecito, una bodega que combina producción vitivinícola, olivares y turismo invita a descubrir los sabores del Valle de Famatina. La Rioja tiene una larga tradición vitivinícola y recorrer sus bodegas permite conocer de cerca una de las actividades productivas más representativas de la provincia. En Vichigasta, departamento Chilecito, se encuentra Valle de La Puerta, un establecimiento rodeado de viñedos, olivares y montañas, donde tuvimos la oportunidad de conocer su propuesta y degustar algunos de sus vinos.
ENTRE VIÑEDOS Y OLIVARES Valle de La Puerta inició su actividad en 1994 con las primeras plantaciones de vides y olivos. Actualmente cuenta con aproximadamente 150 hectáreas de viñedos y 770 de olivares, destinadas a la elaboración de vinos y aceites de oliva. El clima seco, la abundante exposición solar y la marcada amplitud térmica favorecen el cultivo de la vid en esta región. La finca también incorpora prácticas sostenibles mediante el aprovechamiento de recursos y la reutilización de residuos agrícolas. Su actividad productiva se complementa con el enoturismo, ofreciendo a los visitantes la posibilidad de acercarse al mundo del vino y conocer las características de la producción local.
UNA DEGUSTACIÓN CON UNA GRATA SORPRESA
Durante nuestra visita participamos de una cata de vinos que nos permitió descubrir diferentes etiquetas de la bodega, apreciar sus aromas y sabores e intercambiar opiniones sobre nuestras preferencias. Al finalizar, recibimos una atención que nos sorprendió gratamente: cada uno pudo elegir dos botellas de los vinos que más le habían gustado para llevarse de regalo. En mi caso, elegí un Torrontés blanco y un Torrontés rosado. El Torrontés es uno de mis vinos preferidos y qué mejor oportunidad para disfrutarlo que estando en La Rioja, una provincia estrechamente vinculada con esta variedad.
El Torrontés Riojano es una cepa blanca emblemática de la vitivinicultura argentina, reconocida por sus aromas florales, notas frutales y frescura. Aunque también se cultiva en otras provincias, su nombre mantiene una estrecha relación con la identidad vitivinícola riojana. Poder elegir los vinos que realmente habíamos disfrutado fue un detalle que valoré especialmente y que hizo todavía más agradable la experiencia.
UNA PROPUESTA PARA DESCUBRIR CHILECITO
Valle de La Puerta forma parte de la oferta enoturística de la región, donde las bodegas se suman a los paisajes, la historia y la gastronomía como alternativas para quienes visitan La Rioja. Esta visita permitió conocer otra faceta de la producción provincial que recomiendo considerar para quienes disfrutan del vino y desean conocer su lugar de origen. Para visitar la bodega: Valle de La Puerta se encuentra sobre la Ruta Nacional 74, en Vichigasta, departamento Chilecito, La Rioja. Se recomienda consultar previamente las modalidades de visitas y degustaciones en «www.valledelapuerta.com.ar» (https://www.valledelapuerta.com.ar).
Hay una parte de La Rioja donde el paisaje parece conservar la memoria de millones de años. Farallones rojizos, formaciones modeladas por el tiempo, huellas de antiguas formas de vida y un territorio que, por momentos, permite imaginar cómo pudo haber sido este rincón del planeta durante el Triásico. Talampaya abre la puerta a ese escenario y otras experiencias, como las travesías en 4×4, permiten internarse todavía más en él.
Recorrer el Parque Nacional Talampaya es empezar a comprender la dimensión de un territorio donde la geología, la paleontología, la arqueología y el paisaje cuentan distintas partes de una misma historia.
Los grandes farallones se levantan imponiéndose sobre el visitante. Despues del almuerzo en el parque, el recorrido avanza por sectores establecidos, con diferentes paradas que permiten observar las paredes rojizas, sus formas y dimensiones, además de conocer los testimonios que dejaron las comunidades que habitaron esta región mucho antes de la llegada de los europeos. En uno de esos sectores aparecen los petroglifos, grabados sobre la piedra que constituyen parte del patrimonio arqueológico del lugar. A ellos se suma la enorme importancia paleontológica de la región, vinculada con un período mucho más remoto: el Triásico, cuando comenzaron a aparecer algunos de los primeros dinosaurios.
CUANDO EL SILENCIO DEVUELVE LA VOZ
Talampaya también se descubre a través de los sentidos. Hay un punto del recorrido donde las características de los enormes paredones producen un particular efecto acústico. Basta levantar la voz, gritar una palabra y esperar unos segundos para escuchar cómo el sonido regresa convertido en eco. Es un juego sencillo, pero frente a semejante escenario adquiere otra dimensión. Uno habla hacia una pared levantada por la naturaleza hace millones de años y esa misma pared devuelve la voz. El paseo continúa entre senderos y diferentes formaciones hasta acercarse al final del circuito, donde llega otra pausa: café acompañado por nueces confitadas y frutos secos de la región. Un momento distendido antes de despedirse de un recorrido que invita, sobre todo, a detenerse y observar. Pero nuestra experiencia riojana todavía guardaba otro capítulo.
DEL RECORRIDO CONTEMPLATIVO A LA AVENTURA EN 4×4
Si Talampaya propone transitar un circuito organizado, detenerse y mirar hacia arriba para dimensionar sus paredones, la experiencia que realizamos posteriormente junto a la agencia de viaje y excursiones Triásico Aventura 4×4, cambia completamente el ritmo. Aquí aparece otra sensación. El terreno se vuelve más sinuoso, con piedras, polvo, desniveles y sectores mucho menos intervenidos. No es un recorrido para realizar por cuenta propia: requiere vehículos 4×4 y prestadores habilitados que conozcan el territorio y sepan cómo transitarlo de manera segura. La experiencia con Carlos Frances de Triasico Aventura 4×4 permitió adentrarnos en esos paisajes con responsabilidad, pero sin perder ese componente de aventura que constituye justamente uno de sus mayores atractivos. Y es entonces cuando La Rioja vuelve a sorprender. Hay sectores en los que prácticamente no existen elementos que recuerden la vida urbana. Alrededor sólo quedan tierra, piedra, enormes formaciones y silencio. La imaginación hace el resto.
Por momentos, la sensación es la de haber retrocedido millones de años. Y aunque sabemos perfectamente que ningún dinosaurio aparecerá detrás de una formación rocosa, el paisaje consigue instalar por algunos segundos esa fantasía: si uno quedara completamente solo allí, no resultaría extraño imaginar que algo prehistórico pudiera asomarse detrás de las piedras. Esa capacidad de trasladarnos mentalmente hacia otro tiempo es parte del encanto de la experiencia.
CUANDO CAE LA NOCHE, LA MIRADA CAMBIA DE DIRECCIÓN
La aventura tuvo además una segunda parte. Con la oscuridad, dejamos de buscar historias entre las rocas y levantamos la mirada hacia el cielo.
La experiencia de astroturismo permitió observar el firmamento prácticamente sin las interferencias lumínicas habituales de las grandes ciudades. Los guías utilizaron un láser para señalar distintos puntos del cielo e identificar planetas, estrellas y algunos de los cuerpos más brillantes visibles durante aquella noche. La inmensidad que durante el día estaba sobre la tierra parecía trasladarse hacia arriba. Durante la charla también surgieron relatos sobre personas que aseguran haber observado fenómenos u objetos no identificados en los cielos de la región. Historias que forman parte de las conversaciones y testimonios asociados al lugar y que agregan una cuota de misterio a una noche donde el verdadero protagonista sigue siendo el cielo riojano.
DOS MANERAS DIFERENTES DE VIAJAR POR MILLONES DE AÑOS
Talampaya y la experiencia de Triásico Aventura 4×4 no compiten entre sí. Por el contrario, permiten conocer dos caras diferentes de un territorio extraordinario.
La primera invita a bajar el ritmo, caminar, escuchar, contemplar los farallones y comprender el valor arqueológico, geológico y paleontológico de la región.
La segunda suma movimiento y aventura. El vehículo avanza por un terreno más agreste, levanta polvo, atraviesa caminos sinuosos y permite internarse en paisajes donde todavía permanece esa sensación de territorio casi intacto. Y cuando llega la noche, el cielo se convierte en una nueva excursión.
Para quienes dispongan de pocos días en La Rioja, combinar ambas propuestas permite llevarse una imagen mucho más completa de esta región: la monumentalidad de Talampaya, la aventura del 4×4 y una noche mirando las estrellas. Porque en este rincón riojano el Triásico dejó de ser solamente aquel período que alguna vez estudiamos en los libros. Entre paredones, fósiles, piedras y paisajes que parecen detenidos en otro tiempo, por unas horas es posible imaginar cómo se veía el mundo cuando nuestra historia todavía ni siquiera había comenzado.
En Villa Unión, provincia de La Rioja, una cena entre periodistas terminó convirtiéndose en una de esas experiencias que me recuerdan por qué disfruto tanto recorrer la Argentina. No fue solamente la comida ni la música, sino la felicidad de un anfitrión que nos recibió como si fuéramos viejos amigos.
Viajar por nuestro país me ha permitido conocer paisajes extraordinarios, descubrir sabores regionales y escuchar historias que difícilmente encontraría en una guía turística. Pero con los años aprendí que hay algo que valoro especialmente: la manera en que las personas nos reciben y el afecto que son capaces de transmitir con gestos sencillos. Eso fue precisamente lo que encontré en Sabores Riojanos, un establecimiento gastronómico de Villa Unión, donde Ale Francisco Mendoza nos abrió las puertas durante nuestro recorrido por La Rioja, como parte del FamPress internacional de periodistas de turismo organizado por la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT).
Aquella noche, una larga mesa dispuesta en forma de L nos reunió alrededor de una cena que pronto adquirió el ambiente de una peña entre amigos.
Francisco había preparado algo más que una recepción gastronómica: invitó a un músico que, guitarra y canciones mediante, nos acompañó con ese repertorio popular argentino y norteño tan familiar para quienes llevamos años caminando las provincias de nuestro país. Entre una canción y otra, las conversaciones, las sonrisas y alguna que otra voz que se sumaba a cantar fueron dando forma a una velada entrañable.
Sin embargo, hubo algo que llamó particularmente mi atención. La cara de felicidad de Francisco Mendoza. Mientras nosotros disfrutábamos de la música, él nos observaba con una alegría difícil de disimular. Su expresión me recordó a la de alguien que recibe en su casa a un amigo querido después de mucho tiempo sin verlo. No parecía estar pendiente únicamente de atender a un grupo de visitantes, sino de comprobar que todos estuviéramos pasando un buen momento. Y eso, para mí, tiene un valor enorme. Porque un establecimiento puede tener una hermosa decoración, una excelente carta o una ubicación privilegiada, pero conseguir que un visitante se sienta verdaderamente bienvenido depende de algo mucho más humano.
La cena también tuvo sus protagonistas. Un sabroso pollo con arroz, servido en aquella mesa compartida, y unos dulces de postre acompañaron la música y las conversaciones. Platos sencillos que disfrutamos sin apuros, con esa tranquilidad que aparece cuando nadie tiene demasiadas ganas de levantarse. Y entre los recuerdos de aquella noche también quedó un personaje muy especial: un enorme perro blanco que inmediatamente me hizo pensar en Fújur, el dragón de la suerte de la película La historia sin fin. Su aspecto despertaba una ternura imposible de ignorar y terminó formando parte de las anécdotas que me llevé de Villa Unión.
Una noche que todavía tenía sorpresas Cuando creíamos que la cena había terminado, Francisco nos esperaba afuera con otra propuesta: su particular trencito turístico, iluminado con luces fluorescentes y acompañado por música de cumbia. ¡De las canciones norteñas pasamos a la alegría de un trencito que invitaba a seguir disfrutando!
Esta iniciativa de Mendoza también forma parte de su propuesta turística, con paseos que permiten recorrer las calles de Villa Unión de una manera diferente y divertida. Y allí comprendí que aquella recepción había sido pensada para que nos lleváramos mucho más que el recuerdo de una buena comida. Francisco, cordobés de origen y riojano por elección, encontró en Villa Unión un lugar donde desarrollar su proyecto gastronómico y continuar haciendo lo que tanto disfruta: recibir viajeros, compartir historias y ofrecerles una experiencia cercana a las costumbres del interior argentino.
Aquella noche me dejó mucho más que una experiencia gastronómica. Me recordó cuánto valor tienen los encuentros humanos en cada viaje y cómo un gesto sincero puede permanecer en nuestra memoria mucho después de haber regresado a casa. Me fui de Villa Unión con el corazón agradecido. Gracias a Dios por permitirme recorrer nuestro país, conocer sus historias y encontrar personas como Francisco Mendoza, que hacen de la hospitalidad una hermosa manera de compartir la vida.
La buena gastronomía regional, la amplia panorámica, la belleza del paisaje, las artesanías, la música folclórica y la posibilidad de pernoctar en el lugar, son los ingredientes de la emblemática Cuesta El Portezuelo (departamento de Valle Viejo), ubicada a 1.680 metros sobre el nivel del mar y uno de los imperdibles de la provincia de Catamarca, en el norte de Argentina.
Para llegar a la cima es necesario recorrer una carretera con aproximadamente 300 curvas, por lo cual es importante prepararse previamente tomando una pastilla que evite el mareo y también hacer algunas paradas en el transcurso de la vía donde hay miradores.
Desde allí se puede observar águilas moras, halcones colorados, aguiluchos, cóndores, osos meleros, iguanas, entre otros animales, así como imponentes cactus. Además, a medida que se va subiendo, el clima se va poniendo más fresco, lo que hace que la fauna y la flora sean más diversas.
En una parte de la cima hay un monumento como homenaje a padres de la zamba ‘Paisaje de Catamarca’ con su respectiva letra. Se trata de las estatuas de Rodolfo (Polo) Giménez y Atuto Mercau Soria. Este tema musical describe todo lo que se puede ver al llegar a la parte alta.
En este paraje turístico se encuentra la Hostería Cuesta El Portezuelo, donde no solo se preparan platos típicos de la región (empanada de matambre, tamales, locro, humitas, milanesas, postres caseros, etc) sino que también ofrece el servicio de hospedaje, pues hay ocho habitaciones, algunas son familiares.
Allí, los amantes de la aventura pueden volar en parapente, practicar el trekking o senderismo y el ciclismo de montaña. Además, el amplio balcón de la Hostería permite una vista panorámica de 360°, única para el avistamiento de aves silvestres y la observación del exótico paisaje.
«Museo y Monumento a la Zamba Paisaje de Catamarca»
Al inicio del camino a la Cuesta El Portezuelo se encuentra el museo que recrea con diferentes elementos la letra de este “himno” de la provincia de Catamarca. Los versos se ven reflejados con estatuillas y otros objetos mostrando cómo era la zona en la época en que se registró la canción (1950), con pequeños escenarios de la vida rural y productos regionales.
Rubén Valdemora quiso difundir esta zamba con imágenes a través de este centro cultural para traer a esta época lo que era la provincia en el pasado, explicó Kevin Villalba, guía y empleado de la Hostería Cuesta El Portezuelo.
Cabe mencionar que el también llamado Museo de la Zamba fue fundado en 2019 con el fin de impulsar más el turismo de la región y su horario de atención es todos los días de 8:00 de la mañana a 7:00 de la tarde, con entrada libre y gratuita.
En Chilecito, La Rioja, la antigua finca del escritor y educador abre sus puertas para conocer su historia entre jardines, galerías y salas de museo. Debo confesar que me dieron ganas de vivir allí. Mientras caminaba por Samay Huasi, imaginé una mañana en la galería, un café frente al jardín y tiempo para escribir. Miraba los árboles, los senderos y la casona, y no podía evitar remontarme a los años en que Joaquín V. González recorría esas mismas tierras. Un cartel de madera rodeado de flores y piedras señalaba el ingreso. Más adelante, los helechos junto a las columnas y las macetas acompañaban la arquitectura de paredes claras. Todo se veía cuidado, con detalles que despertaban mi curiosidad y me hacían detener el paso.
Samay Huasi significa “casa de reposo” en quechua. Antes se llamaba La Carrera y perteneció al británico William Treloar. En 1913 pasó a manos de González, quien la convirtió en su refugio; desde 1941 integra el patrimonio de la Universidad Nacional de La Plata. Nacido en Nonogasta en 1863, Joaquín Víctor González fue escritor, jurista, gobernador de La Rioja, ministro y senador nacional. Impulsó la creación de la Universidad Nacional de La Plata en 1905 y dejó obras como Mis montañas y La tradición nacional. Pero al entrar en su vivienda, mi atención se dirigió hacia las pequeñas referencias de su vida cotidiana. Las fotografías, los documentos y los retratos permitían ponerle rostro a esa trayectoria. En la recreación de su dormitorio, la cama de estructura metálica, el cubrecama y los muebles acercaban la visita a una intimidad difícil de encontrar en una biografía. Me pregunté qué habría leído antes de dormir o cómo serían sus primeras horas del día en aquel entorno. Afuera había otra parte de su historia. González trazó las avenidas del parque, plantó árboles frutales y cuidó flores y una huerta. Saberlo le dio un sentido distinto a lo que estaba viendo: aquel paisaje también era resultado de su trabajo y de sus preferencias. Podía imaginarlo dedicado a esas tareas, lejos por un rato de sus responsabilidades públicas. Una reflexión suya exhibida en una pared del museo relacionaba la vida y la muerte con la continuidad de la naturaleza. Leerla allí me ayudó a comprender el vínculo que había construido con su tierra. Las palabras encontraban una referencia cercana en la vegetación que acababa de contemplar.
El recorrido cultural incluye la sala iconográfica, la biblioteca y el dormitorio recreado. Se completa con el Museo Mis Montañas, que reúne colecciones arqueológicas y de ciencias naturales de la región, y la Pinacoteca Antonio Alice, con obras de artistas argentinos. Conviene disponer de tiempo para mirar las exhibiciones y disfrutar del exterior, donde la amplitud del predio invita a caminar sin apuro. Me pareció especialmente valioso el buen estado del conjunto. La conservación de sus ambientes permite acercarse a la historia sin perder la calidez de una casa. Esa fue una de las razones por las que me resultó tan fácil imaginar una estadía allí. Y quedarse es posible: Samay Huasi funciona también como casa de descanso y ofrece hospedaje al público general. Incluye desayuno, almuerzo y cena, con habitaciones de baño privado o compartido, dentro de una propuesta de casa de campo. Las reservas se gestionan previamente mediante la Dirección de Servicios Sociales de la UNLP, según disponibilidad y condiciones vigentes.
Declarada Monumento Histórico Nacional en 2021, la finca está en Facundo Quiroga 36, distrito San Miguel, a unos dos kilómetros de Chilecito. La información turística provincial indica entrada gratuita y apertura diaria de 9 a 18. Las consultas sobre el museo pueden realizarse al (03825) 422629; para alojamiento, están disponibles las «condiciones y el formulario de prerreserva de la UNLP» (https://dss.unlp.edu.ar/venia-a-samay-huasi/).
Al irme, pensé en lo que me faltaba conocer: la luz del amanecer sobre las galerías, una tarde de lectura, el jardín a distintas horas. Había llegado para visitar la casa de Joaquín V. González y terminé imaginando cómo hacerme un lugar, por unos días, en ese paisaje.
La cocina regional, la atención de Liliana Campero y la música en vivo se encuentran en El Cardón Patio de Comidas. En una casona histórica de San Miguel de Tucumán, compartimos empanadas, humitas, tamales y vino en pingüino durante una velada que algunos prolongamos hasta la última canción. En El Cardón Patio de Comidas, la atención de Liliana Campero acompañó una mesa donde pudimos disfrutar de los sabores tucumanos y sentirnos bien recibidos. Su trato cercano fue parte de una experiencia que reunió gastronomía, historia y canciones. En el marco de un FamPress internacional por la provincia de Tucumán, compartimos allí un encuentro entre colegas de distintos países. La comida regional nos dió motivos para conversar, intercambiar impresiones y conocer una parte de la cultura local desde la mesa.
EMPANADAS, HUMITAS Y TAMALES Las empanadas tucumanas fueron protagonistas de la comida. Para quienes visitaban la provincia por primera vez, probarlas allí era acercarse a uno de sus sabores más representativos. Las humitas y los tamales completaron la propuesta. Disfrutarlos en una misma mesa permitió apreciar cada preparación y compartir el descubrimiento con los colegas extranjeros. Son platos que merecen un lugar en la experiencia de quienes viajan buscando conocer la cocina regional. El vino servido en pingüino sumó un detalle entrañable. Esa jarra tan reconocible en las mesas argentinas acompañó la conversación y le dio al encuentro una familiaridad que disfrutamos.
LILIANA CAMPERO: ATENCIÓN Y RECONOCIMIENTO Liliana tuvo un lugar destacado en nuestro recibimiento. La calidez con la que nos atendió estuvo acompañada por antecedentes que permiten conocer mejor su trabajo. Entre las distinciones que exhibe se encuentran el Sello de Distinción Marca Tucumán y un reconocimiento de la Casa de la Provincia de Tucumán en el Mes de la Mujer, ambos otorgados a su nombre. También cuenta con formación específica: aprobó la Diplomatura Universitaria en Cocina Regional y Cultura Alimentaria Local, de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Jujuy, según el certificado expedido en abril de 2023. Un dato que aporta otra dimensión a su vínculo con las preparaciones y las tradiciones alimentarias que comparte en El Cardón.
UNA MESA EN UNA CASONA HISTÓRICA Ubicado en Las Heras 50, El Cardón funciona en una antigua casona vinculada con la familia de Bernabé Aráoz. El Ente de Turismo de Tucumán sitúa su construcción hacia 1780, un antecedente que agrega interés patrimonial a la visita. El edificio forma parte de la historia de San Miguel de Tucumán y mantiene su vida como espacio de gastronomía y encuentros culturales. Para el visitante, permite reunir en una misma parada la cocina regional y el patrimonio de la ciudad. La música en vivo acompañó nuestro encuentro. Una cantante nos regaló canciones muy bonitas y sumó emoción a la velada. Algunos periodistas nos quedamos hasta el final del show, disfrutando de su voz y de ese tiempo compartido en El Cardón.
Empanadas tucumanas Periodistas del FamPress ReconocimientosPeriodistas junto a Liliana Campero Show en vivo en El CardónHumitas, tamales y vino en pingüino
En la Casa Histórica de la Independencia, los recuerdos escolares se encuentran con el patrimonio que podemos recorrer. Sus salas, el Salón de la Jura y las obras de Lola Mora permiten acercarse al lugar donde, el 9 de julio de 1816, se declaró la Independencia: una visita imprescindible para comprender el papel de Tucumán en la historia argentina.
Muchos la conocimos primero en una lámina escolar. Dibujamos su fachada, coloreamos sus puertas y la llamamos “casita de Tucumán”, con esa familiaridad que conservamos desde la infancia. Al visitarla, comprendemos cuánto quedaba por conocer detrás de aquella imagen: la amplitud de sus patios, la historia de sus habitaciones y la importancia de lo que ocurrió allí. La Casa Histórica de la Independencia, en pleno centro de San Miguel de Tucumán, nos permite darle una dimensión concreta a una fecha que aprendimos de memoria. Entrar significa acercarnos al escenario donde se discutió y se tomó una decisión fundamental para nuestro país. La recorrimos durante el FamPress internacional de periodistas turísticos, acompañados por Ramón Veliz, guía del Ente de Turismo de Tucumán. Este tramo provincial nos permitió compartir con colegas de distintos países un patrimonio que ocupa un lugar central en nuestra identidad.
POR QUÉ LA INDEPENDENCIA SE DECLARÓ AQUÍ En 1816, el proceso iniciado con la Revolución de Mayo todavía enfrentaba amenazas militares y profundas diferencias políticas. Fernando VII había recuperado el trono español y buscaba restablecer su dominio sobre los territorios americanos. Mientras San Martín preparaba su campaña libertadora, declarar la Independencia era una necesidad para afirmar el rumbo de las Provincias Unidas. Celebrar el Congreso en Tucumán también buscaba acercar posiciones entre Buenos Aires y las provincias, cuyas relaciones atravesaban fuertes tensiones. Las sesiones comenzaron el 24 de marzo y, el 9 de julio de 1816, 29 diputados suscribieron la declaración de Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica. La vivienda pertenecía a la familia de Francisca Bazán de Laguna. Ante la falta de un edificio público adecuado, fue elegida para albergar el Congreso. Para disponer de un espacio suficientemente amplio, se unieron dos ambientes al retirar la pared que los separaba: allí quedó conformado el salón donde se declaró la Independencia.
EL SALÓN ORIGINAL Y LA CASA QUE RECUPERAMOS
El Salón de la Jura es el punto central del recorrido. Saber que ese espacio sobrevivió a las transformaciones del edificio cambia nuestra manera de observarlo: sus paredes conservan una relación material con aquel acontecimiento de 1816. La casa sufrió modificaciones y un deterioro que llevó, en 1904, a demoler gran parte de la construcción. Se preservó el salón histórico dentro de una estructura protectora. Décadas después, la reconstrucción dirigida por el arquitecto Mario Buschiazzo recuperó la fisonomía de la vivienda a partir de fotografías, planos y documentación. Fue inaugurada en 1943, dos años después de su declaración como Monumento Histórico Nacional. Conocer ese proceso también permite valorar el trabajo de conservación. Lo que hoy recorremos reúne el espacio original resguardado y la reconstrucción que hizo posible recuperar la imagen de la casa.
QUÉ ENCONTRAMOS EN SUS SALAS El museo ofrece un recorrido por la historia de la vivienda y el proceso independentista. La renovación de su exhibición principal, presentada en 2022, organizó seis salas: cinco dedicadas a la historia y una destinada al encuentro con escuelas y familias, la recreación y el descanso. La propuesta amplió la mirada sobre aquella sociedad, incorporando a mujeres, pueblos originarios, afrodescendientes y sectores populares. Así, la visita ayuda a comprender quiénes habitaban y sostenían la vida cotidiana durante esos años. El acervo del museo incluye mobiliario, pinturas, retratos, monedas, armamento, vajilla y objetos religiosos de los siglos XVIII y XIX. Estos bienes aportan referencias para imaginar la época, aunque la colección completa supera lo que puede exhibirse en las salas. La incorporación de versiones del acta en quechua y aymara, junto con recursos para escuchar su lectura, permite conocer cómo se difundió la declaración en otras lenguas. Es un detalle que invita a pensar la Independencia desde la diversidad de los pueblos que formaban parte de aquel territorio.
LOLA MORA Y OTRA MANERA DE CONTAR LA HISTORIA En el Patio de Homenajes, los dos bajorrelieves de bronce de Lola Mora merecen una pausa. Representan la Revolución de Mayo de 1810 y la Declaración de la Independencia de 1816. Realizados en Italia, formaron parte del conjunto que protegió el salón histórico a comienzos del siglo XX y fueron emplazados en este patio en 1966. Observar sus figuras y gestos permite acercarse a la interpretación artística de dos momentos decisivos de nuestra historia.
UN PATRIMONIO QUE SIGUE CONVOCANDO La importancia turística de la Casa también puede medirse en su afluencia. Según el balance del Observatorio Turístico provincial, en julio de 2026 recibió 68.472 visitantes. Durante ese mismo mes, el espectáculo de luz y sonido convocó a otras 2.549 personas. Son cifras correspondientes a ese período, que muestran la capacidad del sitio para reunir a miles de visitantes alrededor de nuestra historia. La propuesta “Luces y Sonidos de la Independencia” permite complementar el recorrido con una narración audiovisual de los acontecimientos que condujeron a la declaración. Se realiza al anochecer y tiene entrada propia; conviene consultar la programación y adquirir los tickets antes de asistir. Las funciones se suspenden por lluvia. El museo está ubicado en Congreso 141 y su visita es gratuita. Por su ubicación, puede integrarse a una caminata por el centro histórico de San Miguel de Tucumán. Para Tucumán, esta casa es parte de su vida cultural y de su vínculo con quienes llegan. Para el país, conserva el escenario de una decisión que nos sigue convocando a pensar qué significa ser independientes. Desde Infoturismoargentina, recorrerla nos permitió reencontrarnos con aquella imagen escolar y comprenderla mejor. La “casita” de nuestros recuerdos tiene patios, historias y un patrimonio que merece tiempo. Visitarla es una oportunidad para conocer, desde Tucumán, una parte esencial de la Argentina que compartimos.
Recorrer las estaciones 1 y 2 del Cablecarril Chilecito-La Mejicana, permite descubrir el pasado minero de La Rioja entre grandes máquinas, vagonetas y fotografías históricas. Una visita que suma vistas de Chilecito, artesanías y relatos sobre la vida en las montañas del Famatina.
Las vagonetas permanecen suspendidas bajo las estructuras de hierro. De cerca distinguimos sus ruedas, los mecanismos de sujeción y las piezas que hicieron posible transportar mineral desde la montaña hasta Chilecito. Mirarlas despierta la curiosidad por saber cómo se construyó aquella obra y cómo era trabajar allí cuando todo estaba en movimiento.
Durante el tramo riojano del FamPress internacional de periodistas turísticos, visitamos la estación 2, conocida como El Durazno, y la estación 1 del cablecarril Chilecito–La Mejicana, donde funciona el Museo Dr. Santiago Bazán.
En El Durazno nos recibieron con carne asada, aceitunas y empanadas riojanas muy sabrosas. Luego, Matías Vaca, secretario de Turismo de Chilecito, y los guías locales nos acompañaron en el recorrido, acercándonos a la historia y al funcionamiento de las instalaciones.
La sala de máquinas nos permitió apreciar la dimensión del sistema: grandes ruedas, correas y un motor conservado ayudan a comprender cómo se movían las cargas. Esta estación también tenía una conexión con la fundición de Santa Florentina.
Inaugurado en su totalidad en diciembre de 1905, el cablecarril conectó La Mejicana con Chilecito mediante más de 34 kilómetros y nueve estaciones. Descendía mineral de cobre con contenido de oro; en sentido contrario subían alimentos, agua, combustible y herramientas para abastecer la actividad en altura.
En la estación 1, los objetos del museo nos acercaron a la vida cotidiana de aquellos años. Las herramientas utilizadas en las tareas mineras, las botas que ayudaban a proteger los pies del frío, las notas y los documentos de época aportan detalles sobre cómo se equipaban los trabajadores y cómo se organizaban las labores. Detenernos frente a esas piezas nos permitió imaginar su uso, más allá de las fechas y los grandes números de la obra.
Uno de los hallazgos más interesantes fue el libro Fotografías 1903–1905, de Max Cooper, quien participó en los trabajos del cablecarril y registró a sus protagonistas y su entorno. Las imágenes del tendido sobre las laderas, los campamentos, los trabajadores y los animales de carga completan lo que cuentan las herramientas y las máquinas.
En esas fotografías también aparecen las necesidades de todos los días: trasladar materiales, conseguir comida y abastecer los lugares de trabajo. Los relatos de los guías nos ayudaron a comprender aquella organización, las jornadas de trabajo y las dificultades que imponían el frío, las nevadas y el viento zonda. La riqueza mineral impulsó una etapa de crecimiento cuya actividad exigía esfuerzo, conocimientos y adaptación a la montaña.
El recorrido también nos regaló una perspectiva de la ciudad. Desde la plataforma panorámica de la estación 2 pudimos observar Chilecito y distinguir, a lo lejos, el Cristo del Portezuelo. Es un buen lugar para tomar fotografías y apreciar el paisaje que rodea al cablecarril.
En el sector de artesanías conocimos las prendas y los textiles de Miriam Nievas, quien trabaja con estampado botánico, transfiriendo las formas y los pigmentos de las hojas a la tela. También recorrimos el kiosco, donde encontramos recuerdos de Chilecito y del cablecarril, como los imanes para llevarnos un detalle de la visita.
La mina ya no funciona hace muchos años, pero conocer estas estaciones permite descubrir una parte de la historia de Chilecito y disfrutar de las propuestas que hoy crecen a su alrededor. Declarada monumento histórico nacional, vale la pena dedicar tiempo a su museo, escuchar a los guías y observar esas piezas que nos ayudan a reconstruir cómo era vivir y trabajar en el Famatina.
Periodistas frente al Museo de la Industria Azucarera
En el Parque 9 de Julio, el Museo de la Industria Azucarera invita a conocer una actividad que transformó a Tucumán. La casa del obispo Colombres, las antiguas máquinas y las historias de los trabajadores acercan al visitante a un patrimonio atravesado por el esfuerzo, los conflictos y las creencias populares.
En Tucumán, el azúcar tiene una historia que merece conocerse más allá de su presencia cotidiana en nuestra mesa. Está ligada al trabajo en los surcos, a los ingenios y a generaciones de familias cuyo sustento dependió de cada zafra. Acercarse a esa historia permite comprender cuánto de la identidad provincial se construyó alrededor de la caña. Durante nuestro recorrido por San Miguel de Tucumán visitamos el Museo de la Industria Azucarera – Casa del Obispo Colombres, ubicado dentro del Parque 9 de Julio. La visita formó parte del FamPress internacional de periodistas turísticos de la Organización Mundial de Periodismo Turístico.
La casona conserva el vínculo con José Eusebio Colombres, quien hacia 1821 retomó el cultivo y la elaboración de azúcar en su quinta de El Bajo. Allí instaló trapiches de madera movidos por bueyes para moler la caña. Su iniciativa impulsó una actividad que tenía antecedentes en la provincia y que, con el tiempo, adquiriría una dimensión decisiva para su economía. La propiedad fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1941. Las galerías y los arcos de la casa permiten apreciar también su valor arquitectónico. En el museo se exhiben pertenencias de Colombres y maquinaria vinculada con la producción azucarera; entre las piezas se destaca el trapiche de madera. Es una oportunidad para entender cómo se procesaba la caña y observar las herramientas de un trabajo que fue cambiando con la incorporación de nuevas tecnologías. Frente a esas máquinas, vale detenerse a pensar en quienes las hicieron funcionar. Cada avance productivo tuvo detrás manos, jornadas de esfuerzo y conocimientos transmitidos entre trabajadores. Esa dimensión humana vuelve especialmente valioso el recorrido.
LOS TRABAJADORES Y LAS HERIDAS DE LA HISTORIA
La historia azucarera también estuvo atravesada por luchas laborales y decisiones que afectaron a comunidades enteras. Durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, iniciada en 1966, el cierre de ingenios provocó una profunda crisis social: familias perdieron su fuente de ingresos y muchas debieron emigrar. Las protestas y la organización obrera expresaron la defensa del trabajo y de la vida de los pueblos vinculados con esas fábricas. En los años setenta, la represión alcanzó a trabajadores y dirigentes azucareros. La investigación Responsabilidad empresarial en delitos de lesa humanidad documenta secuestros y desapariciones en ingenios tucumanos, entre ellos Concepción y La Fronterita.
Recordar ese pasado permite reconocer a quienes sostuvieron la actividad y sufrieron la violencia del terrorismo de Estado.
EL FAMILIAR: UNA LEYENDA ENTRE LOS INGENIOS
Junto con la historia documentada aparece El Familiar, uno de los relatos más inquietantes del folclore del noroeste argentino. Según distintas versiones de la leyenda, los dueños de los ingenios obtenían prosperidad mediante un pacto con el diablo. A cambio, debían entregar un trabajador a una criatura que podía adoptar la forma de un gran perro negro o de una serpiente. Ese ser habitaba espacios oscuros de la fábrica y alimentaba el temor de quienes trabajaban allí. El relato pertenece al terreno de las creencias populares. Su interés también está en lo que permite interpretar sobre la vida en los ingenios: el miedo, las desigualdades y las relaciones de poder. Investigaciones sobre el mito han estudiado cómo esas experiencias quedaron expresadas en la memoria oral de los trabajadores. Escuchar estas historias amplía la mirada sobre Tucumán. Su patrimonio incluye edificios y objetos, pero también las voces que explican cómo se vivía, qué se temía y qué se transmitía de una generación a otra.
UNA VISITA PARA COMPRENDER TUCUMÁN El museo tiene entrada gratuita y puede integrarse a un paseo por el Parque 9 de Julio. El Ente de Turismo estima aproximadamente una hora para recorrerlo: un tiempo que conviene dedicar a observar las piezas y conocer el contexto de lo que se exhibe. Desde Infoturismoargentina, esta visita nos invita a valorar una parte esencial de la cultura tucumana. Conocer la historia del azúcar es acercarse al esfuerzo de su gente, a las decisiones que marcaron su destino y a las memorias que la provincia conserva para compartir con quienes llegan.
En San Miguel de Tucumán, el «Museo Mercedes Sosa – Casa Natal» permite acercarse a la historia de la mujer que llevó el canto latinoamericano al mundo. Un recorrido por sus raíces, su trayectoria y una manera de interpretar que sigue emocionando a distintas generaciones. Antes de los grandes escenarios y del reconocimiento internacional, estuvo Tucumán. Allí nació Mercedes Sosa, el 9 de julio de 1935, en una familia humilde, con un padre trabajador de la zafra y una madre lavandera. Conocer ese origen ayuda a comprender el compromiso que acompañó su voz: el lugar que tuvieron en su repertorio los trabajadores, las mujeres, los pueblos originarios y las historias de la gente común. En el pasaje Miguel Calixto del Corro 344, la casa vinculada a su infancia abre hoy sus puertas como museo. La propuesta reúne recuerdos familiares, ambientaciones sonoras y recursos interactivos que acercan al visitante a su vida y a su trayectoria. La música forma parte del recorrido y permite reconocer a una artista cuya presencia sigue vigente mucho más allá de los escenarios. Llegamos hasta allí durante el tramo tucumano del FamPress internacional de la Organización Mundial de Periodismo Turístico, junto a una delegación de 22 periodistas de Argentina, Brasil, Alemania, Colombia, México, Venezuela, República Dominicana, Ecuador y Honduras. Nos acompañó Ramón Veliz, guía perteneciente al Ente de Turismo de Tucumán, quien facilitó nuestros traslados y recorridos por San Miguel de Tucumán y sus alrededores.
Museo Mercedes Sosa – Casa Natal
Dentro del museo, la visita nos acercó a las raíces de una figura que muchos conocíamos a través de sus canciones. Estar en ese espacio familiar aportó otra dimensión: detrás de la voz reconocida en tantos países había una historia tucumana, una infancia y una pertenencia que Mercedes mantuvo a lo largo de su camino. Su trayectoria también permite leer una parte de la historia cultural argentina. En 1963 participó de la fundación del Movimiento del Nuevo Cancionero en Mendoza. Dos años después, Jorge Cafrune la invitó a cantar en el Festival de Cosquín, una presentación decisiva para su reconocimiento. Más tarde llegaron la censura, la persecución y el exilio. Su regreso a los escenarios argentinos, en 1982, quedó como uno de los momentos centrales de su carrera.
Mercedes no necesitó escribir las canciones para dejar en ellas una huella propia. Su aporte fue la interpretación: la profundidad de su voz, el cuidado de cada palabra y la emoción con la que transmitía lo que otros autores habían creado. Así, canciones como ‘Gracias a la vida’, ‘Alfonsina y el mar’ o ‘Solo le pido a Dios’ quedaron asociadas a su manera de cantarlas. Ser reconocida como la voz de Latinoamérica expresa también esa capacidad de acercar culturas y generaciones. Su repertorio hizo circular las obras de creadores del continente y permitió que historias nacidas en distintos territorios encontraran nuevos oyentes.
Para quienes visitan Tucumán, este museo ofrece una oportunidad de conocer ese legado desde su origen. La entrada es gratuita, y el recorrido puede integrarse a una jornada dedicada al patrimonio cultural de la capital.
Desde Infoturismoargentina, conocer esta casa también significa valorar lo que una provincia aporta a la cultura de todo un país. Mercedes llevó su voz por el mundo; Tucumán conserva un espacio para acercarnos a la mujer que la hizo posible.
Ubicado en la localidad de Copacabana, a 15 kilómetros de la ciudad de Tinogasta, el Complejo Termal La Aguadita es una alternativa para quienes buscan combinar agua, naturaleza y una jornada de descanso al aire libre. Su cercanía con la ciudad permite incorporarlo fácilmente a una estadía en Tinogasta. Para llegar resulta conveniente contar con movilidad o prever previamente el traslado, especialmente para quienes no conocen la zona. Durante nuestra visita, realizada en septiembre en el marco del Fampress internacional 2026 por Catamarca, encontramos un predio amplio, rodeado por montañas y con sectores preparados para quedarse durante varias horas. Y hay algo que conviene saber antes de emprender el paseo: La Aguadita propone una experiencia termal muy particular.
AGUAS TERMALES, PERO DIFERENTES A LAS DE FIAMBALÁ La palabra “termal” suele llevarnos inmediatamente a pensar en aguas muy calientes. Sin embargo, no todas las aguas termales producen esa sensación al ingresar: existen distintas temperaturas y composiciones minerales que determinan sus características. En La Aguadita, las aguas son más bien cálidas y se sitúan en torno a los 29 °C. Durante nuestra visita en septiembre, todavía fuera de la temporada fuerte del complejo, la sensación al tocarlas fue incluso más fresca, lejos de las altas temperaturas que muchas veces asociamos al termalismo. Esa característica ayuda también a comprender la diferencia con las de Fiambalá. Allí, las aguas calientes permiten pensar en una experiencia disfrutable durante todo el año. La Aguadita encuentra su mejor momento en primavera y, especialmente, durante el verano, cuando las altas temperaturas invitan a buscar piscinas donde refrescarse y pasar el día. Pero no se trata de comparar cuál es mejor. Son dos experiencias diferentes dentro de Tinogasta, cada una con su propia identidad.
PILETAS, QUINCHOS Y UN ASADO ENTRE MONTAÑAS
La Aguadita cuenta con cuatro piletas distribuidas en diferentes sectores y niveles del terreno. La infraestructura que las rodea permite imaginar rápidamente el plan: instalarse en alguno de sus quinchos techados, preparar un asado y alternar el almuerzo y el descanso con algunos chapuzones. Hay mesas, bancos, asadores individualizados y numerados, sectores de sombra, iluminación y tomacorrientes, un detalle práctico que permite cargar el celular o conectar algún pequeño dispositivo durante una estadía de varias horas. También existe espacio para estacionar los vehículos. En la parte superior del complejo aparece una de sus postales más atractivas: la pileta de mayores dimensiones. Desde el agua, la mirada se abre hacia las montañas y el paisaje de Tinogasta, convirtiendo al entorno natural en parte de la experiencia. Es probablemente allí donde mejor se comprende la esencia de La Aguadita: agua, tranquilidad y buenas vistas, sin necesidad de demasiadas cosas más.
DE PASAR EL DÍA A QUEDARSE A DORMIR
La posibilidad de disfrutar La Aguadita durante más tiempo comenzó a tomar forma hace más de una década. En 2014 se inició la construcción de cuatro cabañas dentro del predio, pensadas precisamente para ampliar la propuesta y permitir que los visitantes pudieran alojarse en el mismo complejo. Fueron habilitadas en enero de 2015, junto con otras mejoras realizadas en las instalaciones. Las cuatro unidades ofrecen en conjunto 24 plazas y la propuesta incorporó además hidromasajes tipo jacuzzi al aire libre. Ubicadas detrás del sector de la pileta superior, las cabañas aportan un valor agregado interesante: La Aguadita deja de ser solamente una alternativa para pasar el día y suma la posibilidad de despertar en medio de este paisaje. Durante nuestro recorrido pudimos observar tanto las cabañas como los jacuzzis exteriores. Para quienes quieran hospedarse, lo recomendable es consultar previamente disponibilidad y modalidad de reserva, especialmente según la época del año. UN NUEVO IMPULSO PARA EL COMPLEJO La Aguadita atravesó distintas etapas de crecimiento y puesta en valor. Una de las más recientes ocurrió en 2024, cuando la gestión municipal encabezada por el intendente Ernesto Andrada impulsó un relanzamiento del complejo. En esa etapa se realizaron trabajos de iluminación, pintura de las piletas, mejoras en el sistema de irrigación e intervenciones en quinchos y asadores, renovando distintos sectores utilizados por quienes llegan a pasar el día. La convocatoria durante los meses de verano demuestra que existe interés por esta propuesta. En la temporada de verano de 2025 se informó una afluencia de aproximadamente 300 visitantes por día, un número significativo para un complejo de estas características. Y quizás allí exista también una oportunidad: que La Aguadita gane mayor presencia no solamente entre los tinogasteños que ya la conocen, sino entre aquellos viajeros que llegan al departamento atraídos por otros puntos turísticos y todavía desconocen esta alternativa. UNA EXPERIENCIA QUE PUEDE SEGUIR SUMANDO La amplitud del predio y la infraestructura existente muestran que La Aguadita tiene posibilidades para continuar creciendo y diversificando su propuesta, especialmente durante la temporada de primavera-verano. Entre esos complementos, una cafetería, proveeduría o un espacio gastronómico aportaría comodidad a quienes prefieren pasar el día sin llevar alimentos o simplemente quieren comprar una bebida, un café o algo para comer. Del mismo modo, brindar cada vez más información sobre las características particulares de sus aguas, alojamiento y servicios disponibles puede ayudar al visitante a planificar mejor la jornada y, sobre todo, a saber de antemano qué tipo de experiencia encontrará. Son pequeños complementos para una propuesta que ya tiene mucho a favor: un entorno natural privilegiado, piletas, sectores preparados para compartir el día y la posibilidad de alojarse dentro del propio complejo.
UNA IDENTIDAD PROPIA PARA LA AGUADITA La Aguadita no necesita parecerse a las termas de Fiambalá para encontrar su lugar dentro de la oferta turística de Tinogasta. Su fortaleza está precisamente en otra experiencia: primavera y verano, aguas de temperatura moderada, montaña, pileta, sombra, un quincho y un asado compartido entre seres queridos. La infraestructura existe, el paisaje hace su parte y las mejoras realizadas durante los últimos años acompañaron la puesta en valor de un lugar que forma parte desde hace tiempo de los espacios recreativos elegidos por los tinogasteños. Ahora existe la oportunidad de seguir dándolo a conocer. Con información clara sobre lo que ofrece y servicios que acompañen la experiencia, La Aguadita tiene condiciones para consolidar su propia identidad y posicionarse como una alternativa para disfrutar de Tinogasta durante los meses de calor. Porque también hay algo importante en el crecimiento de un atractivo turístico: que la comunidad lo conozca, lo disfrute y lo recomiende. El paisaje, las aguas y la infraestructura ya están. El próximo paso será conseguir que más turistas sepan que, a pocos kilómetros de la ciudad, existe un lugar donde pasar un día de verano entre montañas y que quienes lleguen encuentren lo que fueron a buscar, disfruten la experiencia y se vayan con ganas de recomendarla.
Catamarca tiene patrimonio, cultura, naturaleza, termalismo, vinos y una identidad propia que forman parte de la riqueza de dos localidades de Tinogasta, que se incorporaron a la Red Mundial de Destinos Emergentes de la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT). Una distinción que encuentra fundamentos concretos cuando se descubre todo lo que estos pueblos tienen para ofrecer.
El Puesto y Copacabana son dos pequeños pueblos del oeste catamarqueño que quizás todavía no ocupen un lugar entre los nombres más conocidos del turismo argentino. Sin embargo, recorrerlos permite descubrir historia, paisajes, producción y experiencias que explican por qué tienen mucho para aportar al mapa turístico de Catamarca.
El 16 de septiembre de 2026, ambas localidades del departamento Tinogasta formalizaron su incorporación a la Red Mundial de Destinos Emergentes de la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT).
La firma se realizó en el Museo del Sabor de Tinogasta, durante el 12.º Foro Internacional de Líderes del Turismo, y contó con la presencia del intendente Ernesto Andrada, el secretario de Turismo y autoridades municipales y del Concejo Deliberante.
Por parte de la OMPT participaron su presidente, Miguel Ledhesma; la directora de la organización en Argentina, María Ulivi; y Debora Ruiz, directora de Infoturismoargentina y coordinadora del tramo Catamarca del Fampress internacional 2026. También acompañaron los periodistas turísticos que integraban la delegación, estudiantes de la carrera de Turismo, representantes de agencias de viajes y miembros de la prensa local.
El encuentro reunió así al sector público, el turismo, la comunicación y la formación académica alrededor de dos comunidades que comienzan una nueva etapa de proyección.
EL PUESTO: ADOBE, VINOS E HISTORIAS
A pocos kilómetros de la ciudad de Tinogasta, El Puesto conserva una estrecha relación con la historia y la producción del Valle de Abaucán.
Uno de sus sitios emblemáticos es el Oratorio de los Orquera, integrante de la Ruta del Adobe. La construcción, que data aproximadamente de 1740, presenta una particularidad que la diferencia de otros edificios históricos de la zona: sus paredes no fueron levantadas con los tradicionales bloques de adobe, sino mediante moldes de madera que se iban rellenando hasta conformar una estructura prácticamente de una sola pieza.
En su interior, antiguas imágenes religiosas, objetos y relatos familiares permiten acercarse a otra época y comprender que detrás de la arquitectura existe una memoria que continúa formando parte de la identidad del pueblo.
Pero El Puesto también encuentra en el vino una manera de contar su presente. Allí funciona la Bodega Calle Oscura, un emprendimiento familiar que produce los vinos Mulánima y abre sus puertas a través de visitas y degustaciones. La propuesta suma el enoturismo a un territorio donde la vid forma parte del paisaje y de su historia productiva.
El Monumento al Viñatero refuerza ese vínculo con una actividad profundamente arraigada en esta región catamarqueña, mientras que los caminos y paisajes del entorno invitan a descubrir el pueblo sin apuros.
La posibilidad de permanecer en El Puesto se complementa con pequeños alojamientos, entre ellos Cabañas y Posada Los Orquera, ubicadas muy cerca del histórico oratorio, además de otras propuestas que acompañan el desarrollo turístico de la localidad.
COPACABANA: COLOR, PATRIMONIO Y NATURALEZA
En Copacabana hay una postal que difícilmente pase inadvertida: la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria.
Su fachada de un rosado intenso, casi fucsia, rompe con los tonos terrosos del paisaje y la convierte en uno de los puntos visualmente más llamativos del pueblo. La iglesia encuentra además un marco especial en su plaza, prolija, muy bien cuidada y con sus espacios verdes mantenidos.
La sencillez del templo, su color vibrante y el cuidado de todo el entorno terminan conformando una imagen con personalidad propia.
Copacabana suma además patrimonio histórico y religioso, junto con testimonios de su pasado ferroviario conservados en la antigua estación.
Naturaleza y recreación aparecen también en el Ecoparque Andalucas, donde el puente colgante sobre el río Colorado se presenta como uno de sus elementos más característicos y suma otra alternativa para disfrutar del paisaje.
Otro de los atractivos de Copacabana es el Complejo Termal La Aguadita, que tuvimos oportunidad de conocer durante el recorrido del Fampress. A diferencia de lo que suele imaginarse al hablar de termalismo, sus aguas no son calientes. Su temperatura resulta agradable para refrescarse y disfrutarlas especialmente durante el verano o en jornadas de altas temperaturas. El complejo dispone de piletas, quinchos, asadores, baños y vestuarios en un entorno que invita a pasar varias horas en contacto con la naturaleza. La incorporación de una cafetería, buffet o pequeña proveeduría sería un complemento interesante para mejorar aún más la experiencia de quienes deciden pasar allí buena parte del día.
La vitivinicultura también está presente en Copacabana. Bodega El Hueso, aunque no formó parte de los establecimientos visitados durante el Fampress, integra la oferta productiva y enoturística de la localidad.
A esto se suman alternativas de caminatas y trekking y distintas posibilidades de alojamiento, entre ellas Hostería Antigal, Hostal Della Mónica, Munay EcoHostal y El Solar de los Olivos, entre otras, que permiten pensar en un visitante que no necesariamente esté de paso, sino que pueda elegir quedarse y conocer el territorio con más tiempo.
DOS PUEBLOS CON RAZONES PARA EMERGER.
La incorporación de El Puesto y Copacabana a la Red Mundial de Destinos Emergentes encuentra fundamentos concretos.
El Puesto aporta patrimonio, Ruta del Adobe, vinos, historias y paisaje. Copacabana suma patrimonio religioso, naturaleza, termalismo, memoria ferroviaria, producción y espacios recreativos. Dos perfiles diferentes que, dentro de un mismo departamento, amplían las posibilidades para quien busca conocer una Catamarca más allá de sus circuitos tradicionales.
El desafío que comienza ahora será transformar esta mayor visibilidad en oportunidades para las comunidades, acompañando el crecimiento turístico con mejores servicios y preservando al mismo tiempo la tranquilidad, las costumbres y la identidad que caracterizan a estos pueblos.
Porque incorporarse a una red internacional de destinos emergentes no significa comenzar de cero ni inventar atractivos donde no los hay.
El Puesto y Copacabana ya tienen historia, patrimonio, producción, naturaleza y experiencias para compartir. Lo que comienza a emerger ahora es la posibilidad de que cada vez más viajeros sepan que están allí.
A pocos metros del Obelisco, un emblemático edificio porteño conserva las huellas de una época en la que las grandes salas de cine formaban parte de la vida cultural de Buenos Aires. Allí donde alguna vez funcionó el Cine Metro, propiedad de la Metro-Goldwyn-Mayer, hoy Tango Porteño mantiene encendido el escenario y suma una nueva historia al lugar, esta vez al ritmo de una de las expresiones culturales más representativas de la Argentina. Buenos Aires guarda historias incluso detrás de lugares por los que miles de personas pasan todos los días. Sobre Cerrito 570, muy cerca del Obelisco y de la avenida 9 de Julio, una de ellas permanece detrás de las puertas de Tango Porteño. Ingresar al salón cuando todavía no comenzó la función permite descubrirlo desde otra perspectiva. Sin músicos, bailarines ni espectadores ocupando las mesas, aparecen detalles que conducen hacia otra época.
Porque mucho antes de que el tango se adueñara de este escenario, allí hubo una enorme pantalla y cientos de butacas orientadas hacia ella. Fue precisamente esta historia la que pudimos conocer durante la visita realizada como parte del recorrido en Buenos Aires del FamPress internacional que reunió a periodistas especializados en turismo de Argentina y de diferentes países, quienes durante septiembre recorrieron distintos destinos del país con el objetivo de conocer y difundir su patrimonio, cultura y propuestas turísticas. En ese contexto, Tango Porteño recibió a la delegación y abrió sus puertas para mostrarnos algo más que el espectáculo que cada noche se presenta ante el público. Acompañados por Patricia Russo, recorrimos el salón y conocimos detalles de la transformación de este edificio, desde los años en los que funcionó como uno de los grandes cines de Buenos Aires hasta su presente como escenario dedicado al tango. Y para comprender esa transformación es necesario regresar algunas décadas en el tiempo.
Cuando el Metro encendía su pantalla
El Cine Metro fue inaugurado el 4 de octubre de 1956. El edificio había sido proyectado por el arquitecto Albert Bourdon y pertenecía a la Metro-Goldwyn-Mayer, en una época en la que ir al cine significaba mucho más que sentarse frente a una pantalla. Las grandes salas formaban parte del paseo urbano: las marquesinas anunciaban los estrenos, las boleterías recibían al público y la arquitectura de los cines también era parte de la experiencia. El Metro llegó a tener capacidad para alrededor de 2.500 espectadores, una dimensión que permite imaginar la importancia que alcanzaron aquellas salas dentro de la vida cultural porteña. Décadas después, los cambios en las formas de consumo cinematográfico también modificaron su historia. En 1984 fue dividido en salas más pequeñas y, finalmente, en 2005 dejó de funcionar como cine. Sin embargo, aquel cierre no significó el final del escenario.
Otra historia comenzó con el tango
En 2008 el espacio inició una nueva etapa con la apertura de Tango Porteño. Las películas dejaron de proyectarse, desaparecieron las extensas filas de butacas y el salón comenzó a prepararse para recibir otro tipo de público. Pero parte del antiguo Metro permaneció allí. Ese fue uno de los aspectos más interesantes que pudimos descubrir durante nuestra visita. Patricia Russo fue revelando algunos de esos rastros que todavía sobreviven: elementos de la antigua sala, el escenario y sectores que permiten imaginar cómo era aquel enorme cine porteño. Las mesas ocupan hoy el lugar de las butacas y cambió por completo la dinámica del salón, pero su esencia continúa ligada al espectáculo. Quizás esa sea una de las particularidades más atractivas de Tango Porteño: no se construyó un escenario nuevo para recrear una época. Se recuperó un espacio que ya tenía una historia vinculada con el arte, el público y las noches de Buenos Aires.
Del otro lado del espectáculo
La visita tuvo además un privilegio poco habitual para quien llega como espectador: subir al escenario. Por unos minutos, los periodistas pudimos ocupar el lugar reservado cada noche para músicos, cantantes y bailarines. Desde allí, la perspectiva cambia. El enorme salón queda enfrente y permite dimensionar la magnitud de un espacio que durante décadas miró hacia una pantalla y que hoy dirige todas las miradas hacia sus artistas. Allí realizamos una fotografía grupal que terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos de la jornada. Pero conocer Tango Porteño desde adentro también permitió comprender su importancia como producto turístico.
Foto grupal FamPress
Actualmente, su espectáculo propone un acercamiento a la denominada época dorada del tango con más de 25 artistas en escena, orquesta en vivo, cantantes, bailarines y una importante puesta escenográfica. Para el visitante internacional, asistir a una casa de tango suele formar parte de esas experiencias buscadas al llegar a Buenos Aires. Pero detrás del atractivo turístico existe también un patrimonio cultural que merece ser contado: el tango como música, danza e identidad, y el escenario como punto de encuentro entre esa expresión argentina y viajeros provenientes de diferentes partes del mundo.
Buenos Aires contada desde sus escenarios
La ubicación tampoco es un detalle menor. A pocos metros se encuentran el Obelisco, la avenida Corrientes y el Teatro Colón, dentro de uno de los sectores con mayor concentración de teatros, espectáculos y movimiento turístico de la Ciudad de Buenos Aires. En ese contexto, Tango Porteño suma una experiencia vinculada con una expresión cultural argentina reconocida internacionalmente, pero lo hace dentro de un edificio que también pertenece a otra página de la historia del entretenimiento porteño. Y allí aparece algo que nos interesa especialmente desde Infoturismoargentina: descubrir que detrás de un atractivo turístico muchas veces existe otra historia esperando ser mirada. No se trata solamente de llegar, fotografiar y continuar el recorrido. A veces vale la pena detenerse frente a un telón, observar un piso antiguo o preguntar qué había antes en ese mismo lugar. Entonces el destino empieza a contar mucho más.
Tango Porteño y el FamPress internacional
La visita formó parte del FamPress internacional que durante los primeros días de septiembre reunió a periodistas turísticos del exterior y de Argentina, acercándolos a propuestas vinculadas con el turismo, la cultura, la gastronomía, la historia y el patrimonio argentino. Dentro de su paso por Buenos Aires, Tango Porteño abrió sus puertas para recibir a la delegación y acompañó además la experiencia como patrocinador del FamPress. Al finalizar la visita, los integrantes del grupo recibieron vinos como obsequio y quedó abierta una invitación para regresar, esta vez para ocupar el otro lado del salón y disfrutar del espectáculo completo.
Fue una manera cálida de cerrar un recorrido que había comenzado observando las huellas de un viejo cine. Porque mientras Buenos Aires continúa cambiando, algunos edificios encuentran la forma de conservar parte de lo que fueron sin quedar detenidos en el pasado. En Cerrito 570 ya no se espera que se apague la sala para que comience una película. Ahora las luces apuntan hacia el escenario, suena la orquesta y los bailarines toman la escena. El antiguo Metro cambió la pantalla por el tango, pero nunca dejó de contar historias.