
Hay artistas que llenan estadios. Hay artistas que venden millones de discos. Y después están aquellos pocos que logran algo mucho más difícil: convertirse en parte de la vida de la gente.
Carlos Alberto «El Indio» Solari fue uno de ellos.
Líder de «Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota» y luego «Los fundamentalistas del aire acondicionado«, su muerte deja un vacío imposible de medir con números. Porque aunque las cifras de sus recitales fueron gigantescas, el fenómeno del Indio siempre fue mucho más que una cuestión de convocatoria. Fue una experiencia colectiva que atravesó generaciones y que logró algo que pocos artistas consiguieron: transformar pueblos y ciudades enteras en lugares de peregrinación.
Durante años, miles de personas recorrieron rutas argentinas para verlo cantar. Ciudades como Tandil, Junín, Mendoza, Gualeguaychú, Salta, La Plata y Olavarría dejaron de ser solamente puntos en un mapa para convertirse, aunque fuera por un fin de semana, en el epicentro emocional de cientos de miles de personas.
Los hoteles se llenaban. Los restaurantes trabajaban a capacidad máxima. Las estaciones de servicio no daban abasto. Los comerciantes esperaban con expectativa la llegada de los llamados «ricoteros». Mucho antes de que se hablara del impacto económico del turismo de eventos, el Indio ya demostraba que la música podía movilizar masas y transformar la realidad de una comunidad.
Pero el secreto nunca estuvo solamente en los recitales.
Como escribió un fan en las redes sociales tras conocerse la noticia de su muerte: «el Indio era parte del paisaje de la vida. Aparecía cuando uno viajaba solo mirando por la ventana de un tren o de un colectivo, cuando caminaba de noche después de una discusión, cuando se enamoraba o cuando intentaba entender quién era.
Sus canciones no eran fáciles. Había que entrar en ellas como quien entra en una ciudad desconocida. Primero uno se perdía. Después reconocía algunas calles. Y con el tiempo descubría que esas calles ya formaban parte de su propia historia».
Quizás por eso cada persona encontraba un significado diferente en las mismas letras. Porque el Indio nunca daba respuestas cerradas. Dejaba preguntas. Y cada uno las respondía desde sus propias experiencias.
Los que hoy tenemos alrededor de 45 años crecimos con sus canciones sonando en la radio, en los bares, en las reuniones con amigos y en los viajes por las rutas argentinas. Sus letras acompañaron alegrías, amores, desencuentros, rebeldías y búsquedas personales.
Por eso su partida duele.
No solamente porque se fue un músico. Se fue una voz que estuvo presente en momentos importantes de nuestras vidas. Una de esas voces que logran poner palabras donde nosotros apenas teníamos sensaciones.
Quedarán las misas ricoteras, las frases tatuadas en la piel, las canciones convertidas en himnos futboleros y los recuerdos de aquellos viajes interminables hacia algún recital perdido en el interior del país.
Quedará también la certeza de que fue capaz de generar algo extraordinario: que miles de desconocidos se sintieran parte de una misma historia.
Porque algunos artistas ocupan espacio en los medios.
Otros ocupan espacio en la memoria.
Y ahí es donde el Indio Solari seguirá viviendo.
En una ruta, en una noche de amigos, en una canción que vuelve a sonar de repente o en el recuerdo de aquellos pueblos argentinos que alguna vez fueron escenario de una de las mayores manifestaciones culturales y populares de nuestra historia reciente.
Buen viaje, Indio.
Que el pogo siga, donde sea que estés.
Por Debora Valeria Ruiz
@deboravruiz
@infoturismoargentina
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